
Afuera, el cielo de Quito tiene ese color gris panza de burro que avisa que la lluvia en La Floresta no va a perdonar la tarde. Estoy sentada frente a mi escritorio, con el vapor de un tinto perdiéndose en el aire frío que entra por la rendija de la ventana, y mi cuaderno violeta abierto en una página en blanco. Siento el peso de la tapa de tela, la textura rugosa bajo mis dedos. Hoy no es un día de cuadros de Excel ni de programar posteos para mis clientes de la agencia; hoy es el día en que decido anotar, por fin, qué pasó durante esos primeros siete días de práctica con el Nivel 3 de Freedom Healing.
Antes de seguir, un pequeño aviso de transparencia para quienes leen estas notas: este espacio incluye algunos enlaces de afiliación a programas de Hotmart. Si decides inscribirte a través de ellos, una parte del precio regresa a este proyecto de bitácora sin que a ti te cueste un centavo más. Solo menciono lo que ha pasado por mis manos y mi cuaderno, programas que he probado entre mis crisis y mis mañanas de café. Obviamente, no soy doctora ni terapeuta profesional; soy una asistente virtual que busca su centro. Si estás pasando por un momento difícil de salud mental, por favor, mantén a tu psicólogo o psiquiatra en el bucle. La energía suma, pero la ciencia sostiene.
A finales de noviembre del año pasado, cuando el cansancio de ser el soporte invisible de tres pequeñas empresas empezó a sentirse como una piedra en el pecho, supe que la terapia convencional —que me salvó de los ataques de pánico en 2020— necesitaba un complemento. Ya no era solo gestionar la ansiedad, era que sentía mi energía drenada, como si tuviera fugas por donde se escapaba mi voluntad. Así llegué a Alquimia de Vida — Nivel 3 de Freedom Healing. Me costó unos ochenta y cinco dólares, lo que me gasto en un par de salidas a comer rico aquí en el barrio, y aunque ya venía coqueteando con la numerología, sentí que este era el paso para estructurar lo que estaba roto por dentro.
Recuerdo el primer día de la práctica. El olor a palo santo mezclándose con el aire frío que entra por la ventana de mi oficina en La Floresta mientras escribo estas líneas me transporta a ese momento. Intenté hacer mi primera sesión de liberación de memorias un martes por la tarde, justo después de cerrar sesión en Slack. Error de principiante. Mi mente seguía en modo 'resolución de problemas'. Mientras intentaba conectar con la intención del ejercicio, me descubrí pensando en un correo que no envié. El resultado fue un fracaso total: intenté forzar la sanación mientras respondía mentalmente notificaciones pendientes, y terminé con un dolor de cabeza punzante y esa sensación amarga de haber perdido el tiempo por no saber poner límites.
Ahí entendí algo que no te dicen los manuales: para quienes trabajamos en remoto, con ritmos que cambian de golpe porque un cliente entró en crisis, el enraizamiento es una batalla diaria. El método estándar de 'siéntate y medita' falla cuando tu sistema nervioso está programado para reaccionar a cada 'ping' del celular. La alquimia no es algo que se hace entre dos correos; requiere un vacío que a veces me aterra crear.
Para el tercer día, decidí cambiar la estrategia. Apagué todo. Me enfoqué en lo que mi mapa de Numerología Energética (que por cierto, es una inversión un poco más alta, unos ciento cuatro dólares, pero vale cada centavo por la claridad que da) ya me venía gritando. Al identificar mis números, vi un patrón de autoexigencia brutal. Sentí un escalofrío repentino que me recorrió la espalda al entender, con el cuerpo y no solo con la cabeza, por qué siempre me autosaboteo cuando llega mayo. Es como si mi energía tuviera una fecha de caducidad programada que yo misma me impuse hace años.
No todo ha sido místico y elevado. A veces me quedo mirando el cuaderno y me asalta un monólogo interno pesado: ¿realmente estoy sanando o solo estoy llenando otro cuaderno violeta para sentir que tengo el control de mi vida? Es la duda millennial por excelencia. Sin embargo, algo cambió esa primera semana. Al usar las herramientas de Alquimia de Vida, empecé a notar que el ruido de los clientes ya no me habitaba tanto tiempo después de apagar la computadora. Es un cambio sutil, como el sonido de la máquina de espresso del vecino que dejas de escuchar cuando te concentras en tu propio café.
Miré otros caminos antes de decidirme. Estuve a punto de comprar el curso de Péndulo Hebreo por cien dólares, o quizás algo más sencillo como las 21 Meditaciones Guiadas que cuestan apenas treinta y cinco. Incluso consideré la Autohipnosis fácil por cuarenta y nueve. Pero necesitaba algo que no solo me relajara, sino que me permitiera 'limpiar' lo que recojo en el día a día del trabajo virtual. El Nivel 3 de Freedom Healing se sintió como el lenguaje correcto para alguien que ya no se conforma con solo respirar profundo.
Al cerrar esta primera semana, me doy cuenta de que no busco convertirme en una sanadora de Instagram ni en una coach de vida. Solo soy una mujer de veintinueve años en Quito que quiere que su energía no se evapore entre hojas de cálculo y ansiedades ajenas. El orden que estoy encontrando en este caos no es perfecto, pero es mío. Mañana volveré a abrir el cuaderno, oleré el palo santo y veré qué más tiene que decirme el silencio de La Floresta antes de que empiecen a caer los correos. Si sientes que tu trabajo te está robando el alma por pedacitos, quizás sea momento de mirar qué hay en tu propia Alquimia de Vida; a veces, el primer paso es simplemente admitir que necesitamos una estructura diferente para no desmoronarnos.