
El estruendo de un autobús subiendo por la calle Coruña acaba de interrumpir mi flujo de trabajo. Aquí, en el corazón de La Floresta, el ruido no es solo un sonido; es una vibración que golpea las ventanas y, si no tengo cuidado, también mi sistema nervioso. Estoy sentada frente a mi escritorio, con el vapor del tinto acariciándome la cara, mientras reviso correos para un cliente de Bogotá. Mi paz se siente frágil esta mañana, como si la ciudad fuera un animal enorme que respira demasiado cerca de mi nuca.
No siempre fui consciente de esto. Antes de 2020, el ruido era solo el trasfondo de una vida apurada. Pero después de que el encierro me dejara de regalo esos ataques de pánico que me hacían sentir que el aire de Quito era demasiado delgado para mis pulmones, mi sensibilidad cambió. La terapia me dio las herramientas para no salir corriendo, pero no lograba sellar esa fuga de energía constante. Sentía que cada bocinazo, cada construcción y cada grito en la calle me robaba un pedacito de vitalidad.
El ruido como fuga: lecciones de un octubre gris
Hacia finales de octubre, empecé a notar un patrón en mi cuaderno violeta. Escribía mis páginas matutinas y, a los pocos minutos, el ruido de la ciudad empezaba a filtrar mi optimismo. Me di cuenta de que mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente. Es esa presión súbita en el plexo solar que se disuelve solo cuando visualizo una esfera de luz protegiendo mi espacio de trabajo. Me sentía drenada a las once de la mañana, no por el trabajo de asistente virtual, sino por el esfuerzo invisible de mantener mi aura intacta frente al caos exterior.

Vivir a 2850 metros de altitud tiene algo mágico, pero también algo crudo. El aire es más ligero y, a veces, siento que mi campo energético también lo es, lo que me hace más permeable a lo que sucede afuera. En aquel entonces, intentaba bloquear todo. Usaba audífonos con cancelación de ruido todo el día, cerraba las ventanas hasta sofocarme y evitaba salir. Fue un error. Evitar el ruido urbano bloqueando tus sentidos genera un efecto rebote que fragmenta tu aura; es como intentar detener un río con las manos. Solo logras cansarte más.
Fue durante las semanas de lluvia intensa en noviembre cuando entendí que necesitaba un enfoque diferente. Ya no se trataba de no escuchar, sino de no dejar que el sonido se 'pegara'. En mis lecturas de numerología, descubrí que estaba transitando un año personal que me pedía introspección, pero el entorno me empujaba hacia afuera. Fue ahí cuando el Freedom Healing entró en mi rutina, no como una solución mágica, sino como una forma de limpiar el hollín energético que la ciudad deja sobre nosotros.
La transición hacia la alquimia energética
Pasé meses probando apps de meditación que te prometen bosques tranquilos, pero cuando te quitas los audífonos y escuchas al vecino martillando, la paz se esfuma. Lo que realmente cambió mi ritmo fue empezar a registrar qué pasaba con mi energía semana tras semana. En mi cuaderno, anotaba cómo el aroma a palo santo mezclándose con el olor a café filtrado mientras la tinta negra se absorbe en el papel me ayudaba a anclarme antes de que la ciudad despertara del todo.
Aprendí que la protección energética no es un muro de concreto, sino una frecuencia. Si mi frecuencia es baja, el ruido me golpea. Si logro elevarla, el ruido pasa a través de mí como el viento por las ramas de un árbol. No soy sanadora ni coach, solo una millennial que se cansó de estar siempre a la defensiva. Por eso, me sirve tanto leer sobre los beneficios de escribir páginas matinales para calmar la ansiedad diaria, porque es en el papel donde primero detecto dónde se está rompiendo mi blindaje.
Una tarde de marzo, después de una sesión de Freedom Healing enfocada en la transmutación, me quedé observando a un vecino que regaba sus plantas en el balcón de al lado. El tráfico era infernal abajo, en la avenida, pero él se movía con una lentitud envidiable. Entendí que él no estaba ignorando el ruido; simplemente no le estaba dando permiso de entrar en su jardín. Esa es la clave: el permiso.

El silencio interior frente a los decibelios externos
La OMS recomienda que para un descanso real, el ruido no debería superar los 30 decibelios. En Quito, eso es casi un chiste de mal gusto si vives cerca de una vía principal. Sin embargo, empecé a usar la numerología para elegir mis batallas. Si mi número del día sugería una energía de 'comienzo' o 'fuerza', sabía que podía manejar el caos del centro. Si era un día de 'sensibilidad', prefería quedarme en mi burbuja en La Floresta.
Mi cuaderno violeta se convirtió en mi laboratorio. El color violeta no fue una elección al azar; después aprendí que tiene una longitud de onda de 380-450 nanómetros, la más alta del espectro visible, asociada a la transmutación y al séptimo chakra. Escribir en él es, en sí mismo, un acto de protección. Es mi manera de decir: 'Este es mi espacio, este es mi tiempo'.
A veces, cuando la ansiedad aprieta (porque sí, sigo yendo a terapia y mi psicóloga sabe que hago esto, no es un reemplazo), recuerdo lo que escribí en mi bitácora de mi primera semana con Alquimia de Vida. En aquel entonces, me sorprendía que algo tan sutil pudiera tener un efecto tan físico. Ahora entiendo que vivimos en un mar de frecuencias y que el ruido urbano es solo una de las más densas.
Blindaje espiritual a 2850 metros
Hace apenas unos días, tuve una revelación mientras el espresso machine se calentaba en la cocina. El ruido del vapor era fuerte, pero no me molestaba. ¿Por qué? Porque yo lo estaba controlando. El problema con la ciudad no es el sonido, es la falta de control sobre él. Por eso, el blindaje espiritual consiste en recuperar la autoridad sobre nuestro espacio inmediato.
He dejado de intentar silenciar a Quito. En lugar de eso, trato de integrar el caos como un pulso vibratorio propio. Es como cuando estás en un concierto y la música es tan fuerte que te vibra el pecho; si te resistes, te duele; si te dejas llevar, te vuelves parte de la onda. Obviamente, no soy una experta médica y siempre digo que si el ruido les genera una angustia paralizante, hablen con un profesional, pero para el desgaste energético diario, estas prácticas son mi salvación.

Vivir en una ciudad ruidosa me ha enseñado que la verdadera protección no viene de los tapones para los oídos, sino de la constancia. Es el trabajo diario de limpiar el aura, de escribir las páginas, de encender el palo santo. Es aceptar que la paz es un trabajo de tiempo completo cuando el mundo de afuera parece estar gritando todo el tiempo. ¿Qué pasaría si mañana la ciudad se quedara en silencio absoluto? Probablemente me costaría más escuchar mi propia voz, que ahora ha aprendido a cantar por encima del tráfico.
Cierro mi cuaderno por hoy. El sol ya ilumina las montañas y el ruido de la Coruña ha subido de tono. Pero aquí adentro, entre el olor a tinto y la luz que rebota en las páginas violetas, todo está en su lugar. Me pregunto, mientras guardo mi pluma, si la próxima semana lograré mantener esta misma calma cuando empiecen las obras en la calle de abajo. Supongo que lo sabré cuando vuelva a abrir este cuaderno.