
Bloquear el ruido y aprender a dejarlo pasar no son la misma estrategia de protección energética, aunque las dos prometen paz en medio de la vida urbana que nunca baja el volumen. Llevo tiempo probando ambas, primero por necesidad y después por método, y son casi opuestas: una cierra, la otra filtra. Este diario espiritual, mi cuaderno violeta de siempre, es el lugar donde comparo qué le hace cada estrategia a mi bienestar holístico cuando el bus de la mañana sube rugiendo por la calle Isabel La Católica.
Bloquear o permitir: dos respuestas frente al ruido de la vida urbana
La primera estrategia, la de bloquear, fue la que probé antes de entender nada de esto. Audífonos con cancelación de ruido todo el día, ventanas cerradas hasta casi sofocarme, salir lo menos posible.
Qué bestia lo agotador que resultó.
Bloquear no apaga el ruido, solo lo desplaza de la calle al cuerpo. La energía que gastaba resistiendo terminaba costándome más que el ruido mismo.
Distinta de raíz es la manera de permitir: en lugar de cerrar la puerta, le doy permiso al sonido para que pase sin quedarse. Visualizo un límite alrededor de mi escritorio, no un muro sino algo más parecido a una tela que deja circular el aire y detiene lo demás. Cuando el vapor de la máquina de café silba fuerte en la cocina, no me sobresalta, porque soy yo quien decide que ese ruido entre. El de la calle, en cambio, no siempre pide permiso, y ahí es donde el trabajo diario se vuelve necesario.

Lo que le cuesta al cuerpo bloquear todo el tiempo
Vivir a 2850 metros de altitud ya vuelve el aire más liviano de por sí, y con él mi campo energético también se siente más permeable a lo que pasa afuera. Bloquear en esas condiciones tiene un costo físico concreto: una presión en el plexo solar que aparece antes de que la mente registre nada, y que solo se afloja cuando dejo de pelear contra el sonido. Lo que sentía ahí se parece a lo que en otros textos llaman bloqueos energéticos, aunque ese es un tema para otro cuaderno.
Esto lo entendí mejor escribiendo cada mañana, y profundizo en los beneficios de escribir páginas matinales para calmar la ansiedad diaria en otra entrada de este mismo diario. Ahí, en el papel, es donde primero noto si el blindaje empieza a romperse.
Dar permiso sin perder el blindaje
La OMS tiene pautas sobre cuánto ruido es razonable para descansar bien, y vivir cerca de una vía con tráfico constante en Quito hace que esas pautas se sientan casi de otro planeta. Antes de entender esto, probé un diario de gratitud: tres puntos al despertar, cada mañana, sin falta. Funcionó bien las primeras semanas, pero hasta la cuarta semana ya lo había dejado; no porque los tres puntos estuvieran mal, sino porque bloquear el malestar con una tarea más no resolvía lo que pasaba en el cuerpo cuando el ruido llegaba de verdad. Fue la primera pista de que necesitaba aprender a dar permiso, no sumar otro ritual de bloqueo.
Belén, mi vecina del edificio de enfrente que colecciona postales que nunca envía, sigue regando sus plantas en su balcón pase lo que pase abajo, en la Isabel La Católica. La vi hacerlo una tarde con el tráfico infernal debajo y entendí que ella no estaba ignorando el ruido: simplemente no le daba permiso de entrar a su jardín.
Hace poco releí unas páginas de hace tres semanas y la diferencia se nota en la letra: iba más suelta, sin un solo tachón, como si la mano ya no necesitara defenderse de nada.
Chévere, por lo simple que es la prueba.

El cuaderno violeta no fue una elección al azar: el violeta se asocia desde hace mucho con la introspección, aunque no me meto a explicar por qué. Algunos días reviso mi número personal antes de decidir si el centro me conviene o no; ahí entra la numerología energética, un método que uso pero que no desarrollo aquí. Otras noches recurro a la autohipnosis para bajar el sistema nervioso antes de dormir, aunque esa es una práctica aparte que merece su propio espacio. Y cuando la oficina se siente cargada después de una llamada difícil, uso un péndulo para despejarla, sin dedicarle más que un par de minutos.
Dos cuadernos entre Quito y Bogotá
Viviana Recalde me escribe desde Bogotá casi cada semana. Su ciudad también grita, de otra forma, pero grita, y su manera de manejarlo es distinta a la mía: mezcla el diario energético con la lista de pendientes del trabajo, todo en la misma libreta, sin separar lo espiritual de lo práctico.
Ninguna de las dos formas es superior. La mía protege mejor el ritual: un espacio que solo es mío, sin lista de tareas asomándose. La de Viviana protege mejor el tiempo, porque no tiene que abrir dos cuadernos distintos en una mañana ya apretada. Lo que sí comparten ambas rutinas es la misma idea de fondo: el ruido de afuera deja de mandar en el momento en que decides, por escrito, qué vas a dejar entrar.

Cuándo bloquear y cuándo dejar pasar
Bloquear tiene sentido cuando el ruido es puntual: una obra que dura un par de semanas, un evento que termina un día fijo, una mudanza ruidosa del vecino de arriba. Ahí, audífonos y ventanas cerradas son un parche razonable, y no hay nada de malo en usarlo mientras dure. Pero si el ruido es la condición permanente de tu calle, como la Isabel La Católica que no calla ni un domingo, bloquear te cansa más rápido de lo que crees, porque estás peleando una batalla que no termina nunca.
Ahí conviene lo otro: aprender a dar permiso, dejar que el sonido atraviese sin quedarse pegado. Si necesitas, como Viviana, que todo viva en una sola libreta, mézclalo sin culpa con tus pendientes; si necesitas, como yo, que el cuaderno violeta sea un territorio aparte, mantenlo separado del resto. Ese vaivén entre las dos estrategias lo fui documentando con más detalle en mi bitácora de mi primera semana con Alquimia de Vida, cuando todavía no sabía distinguir cuál de las dos necesitaba en cada momento.
No soy sanadora ni coach, solo una asistente virtual que se cansó de estar siempre a la defensiva frente a una ciudad que no piensa bajar la voz. Cierro el cuaderno por hoy con el sol pegando ya en las montañas, el aire todavía fresco de la mañana colándose por la ventana, y el ruido de la calle subiendo de tono otra vez. Adentro, entre el olor a café recién colado y el peso conocido de las páginas violetas, todo sigue en su lugar. Mañana, cuando empiecen las obras de la cuadra de al lado, tendré que decidir de nuevo cuál de las dos estrategias me toca usar.