
Eran poco más de las seis de la mañana en una de esas madrugadas nubladas de noviembre en La Floresta. El vapor de mi café se mezclaba con esa neblina densa que a veces baja del Pichincha y se queda atrapada entre los techos de las casas viejas del barrio. Tenía el corazón acelerado, una sensación de opresión en el pecho que ya conocía demasiado bien; esa que aparece justo antes de abrir Slack y enfrentarme a la lista interminable de tareas como asistente virtual. A 2850 metros de altura, el aire es más fino, pero esa mañana se sentía pesado, como si el oxígeno no fuera suficiente para alimentar mis pulmones y mis nervios al mismo tiempo.
Antes de seguir, quiero ser súper clara con algo: no soy psicóloga ni experta en salud mental. Todo lo que escribo aquí nace de mi propio proceso tras los ataques de pánico que me dejó el encierro del 2020. Aviso de transparencia: este rincón incluye algunos enlaces de afiliación a programas de Hotmart. Si decides matricularte en alguno a través de ellos, una parte del precio me ayuda a sostener este proyecto, sin que a ti te cueste un centavo más. Solo recomiendo lo que realmente ha pasado por las hojas de mi cuaderno violeta y ha movido algo en mi energía. Si sientes que tu ansiedad te sobrepasa, por favor, mantén siempre a tu terapeuta en el loop; estas herramientas son un complemento, no un reemplazo.
Esa mañana de noviembre, con el frío calándome los huesos, decidí que no podía seguir saltando de la cama directo a la pantalla. Desempolvé un cuaderno violeta de tapas gruesas que había comprado meses atrás y decidí probar lo que tanto había leído sobre la escritura terapéutica. No buscaba literatura, buscaba aire.
La regla era simple pero exigente: tres páginas manuscritas, sin filtro, sin juicios. Al principio, mi mano se sentía torpe. Mientras escuchaba al vecino del balcón de al lado regando sus plantas y el murmullo lejano de un bus bajando por la 12 de Octubre, mi mente solo gritaba pendientes. Pero empecé a escribir. El olor a tinta fresca se mezclaba con el aroma de las humitas calientes que empezaba a subir desde la calle, y algo en esa combinación sensorial me permitió soltar la primera frase: "Tengo miedo de no ser suficiente hoy".
Después de las primeras tres semanas de hábito, algo cambió. Ya no era solo una descarga de tareas. Empecé a notar que el ruido mental, ese que parece un enjambre de abejas atrapado en el cráneo, se quedaba en el papel. Descubrí que el secreto no es escribir cosas bonitas ni reflexiones profundas dignas de un post de Instagram. El secreto es 'vomitar' el miedo, el fastidio por el ruido de la construcción vecina o la inseguridad de ese correo que no supe cómo responder. Al pasarlo a la mano, la alquimia personal empieza a suceder fuera de la mente.
Hubo una semana en la que intenté hacer las páginas en un documento de Google. Pensé que, como trabajo todo el día tecleando para mis clientes, sería más rápido. Gran error. Solo logré sentirme más ansiosa al ver el cursor parpadeando, recordándome constantemente el formato de mi trabajo. El papel, en cambio, no tiene notificaciones ni pestañas abiertas. Escribir a mano activa zonas del cerebro que el teclado simplemente ignora, y para alguien con ansiedad, ese contacto físico con la celulosa es un anclaje vital.
A mediados de marzo, cuando ya sentía que el hábito de escribir estaba firme, decidí profundizar. Ya venía explorando la numerología y un poco de energía sutil, pero sentía que me faltaba una estructura para procesar lo que salía en mis mañanas. Fue cuando integré las herramientas de lo que en Freedom Healing llaman el Nivel 3: Alquimia de Vida. Como ya conté en mi bitácora de mi primera semana con Alquimia de Vida, el cuaderno no miente. Este programa se enfoca en transmutar bloqueos emocionales archivados en el campo áurico, y usar sus técnicas de intención mientras escribía mis páginas fue como pasar de limpiar el piso con una escoba a usar una aspiradora industrial.
Freedom Healing se organiza en 3 niveles formativos, y llegar al tercero me permitió entender que lo que yo llamaba "ansiedad por el trabajo" era a menudo una resonancia de memorias mucho más antiguas. Escribir las páginas matinales se convirtió en el diagnóstico diario, y la alquimia energética en el tratamiento.
Recuerdo especialmente un martes de lluvia persistente aquí en Quito, de esos que te dan ganas de quedarte bajo las cobijas todo el día. Estaba escribiendo mi segunda página y me encontré repitiendo la misma queja sobre un cliente difícil. Me detuve. Usé una de las herramientas de liberación de energía que aprendí y, de repente, sentí ese suspiro involuntario y profundo que suelta mi cuerpo justo cuando termino el último párrafo de la tercera página. Es como si me quitaran un peso físico de los hombros. Es el cuerpo diciendo: "Ya lo vimos, ya lo soltamos, ahora podemos empezar".
Sin embargo, hay algo que he aprendido en este año de exploración y que casi nadie te dice en los manuales de bienestar: esta práctica no es para todos en todo momento. He conversado con amigas que lidian con trastorno de estrés postraumático y para ellas, volcar pensamientos intrusivos en un papel sin el acompañamiento directo de un profesional puede ser contraproducente. A veces, ver el trauma escrito con tu propia letra puede retraumatizar en lugar de liberar. Por eso siempre digo que el cuaderno es un espejo, pero a veces necesitamos a alguien que nos ayude a sostener el espejo para que no se nos caiga y nos corte.
Hoy, ya en mayo de 2026, mi libreta violeta es mi ancla. Mi ritual no ha cambiado mucho: el espresso calentándose, el frío de la mañana entrando por la rendija de la ventana y el silencio sagrado que se produce justo después de la última palabra de la tercera página. Ya no busco soluciones mágicas ni que la ansiedad desaparezca para siempre —qué bestia, eso sería pedir un milagro—. Busco ese espacio de maniobra entre el pensamiento y la reacción.
Si estás empezando y sientes que no tienes nada que decir, escribe "no tengo nada que decir" durante tres páginas. Eventualmente, algo se rompe. Y si sientes que necesitas una estructura más clara para manejar esa energía que se remueve, quizás te sirva mirar herramientas de diagnóstico como la Numerología Energética, que a mí me ayudó a entender por qué ciertos ciclos de ansiedad se repetían en fechas específicas.
¿Qué pasaría si mañana te permitieras ser absolutamente honesta con un trozo de papel antes de ser productiva para el resto del mundo?
Me pregunto esta semana, mientras veo las nubes abrirse sobre el valle: ¿cuántas de nuestras preocupaciones son realmente nuestras y cuántas son solo ruido que no hemos tenido el valor de escribir para dejarlo ir?