
La neblina en La Floresta no es como la de otros lados. Aquí en Quito, a 2850 metros sobre el nivel del mar, la nube se te mete en la sala y te humedece hasta los pensamientos. Eran pasadas las seis de la mañana cuando el sonido de la cafetera calentándose me recordó que el día ya estaba ahí, esperándome con una lista de tareas de mis clientes que se sentía como una montaña de ladrillos. Me senté frente a mi cuaderno violeta, ese de tapas de tela rugosa que compré a finales del año pasado, y me quedé mirando la página en blanco. Sentía que mi energía estaba estancada, un nudo sordo en el pecho que ni los años de terapia ni las apps de meditación habían terminado de soltar.
Antes de seguir, quiero ser súper clara: no soy doctora, ni sanadora, ni tengo formación en salud mental. Soy una asistente virtual que trabaja en pijama y que un día se cansó de vivir con ataques de pánico. Lo que escribo aquí es mi proceso personal, mi bitácora de ensayo y error. Por favor, si estás pasando por algo fuerte, consulta con tu psicólogo o psiquiatra; este diario es un complemento, nunca un reemplazo. Además, aviso de transparencia: verás algunos enlaces a programas de Hotmart que he probado. Si decides inscribirte en alguno, recibo una pequeña comisión que ayuda a mantener este rincón, sin que a ti te cueste un centavo más. Todo lo que menciono ha pasado primero por las hojas de mi cuaderno.
El peso de la neblina y el primer trazo
Recuerdo una tarde de lluvia intensa en marzo. El aguacero golpeaba los ventanales con una fuerza que me obligaba a subirle el volumen a la música ambiental para poder concentrarme en los reportes de Excel. En ese momento, sentí que mi vibración estaba por el suelo. No era tristeza, era una fatiga densa, de esa que te hace sentir que los brazos pesan el doble. Me acerqué al cuaderno y, por primera vez, no escribí pendientes. Escribí cómo me sentía el cuerpo: los hombros rígidos, la mandíbula apretada, el frío en los pies.
Ahí empezó el cambio. Empecé a usar el cuaderno no para organizar mi vida exterior, sino para filtrar mi ruido interior. Al escribir a mano, algo pasa en el cerebro. He leído que activa el sistema de activación reticular, ese filtro que decide a qué le prestamos atención. En mi caso, el color violeta de las tapas no fue casualidad; me gusta pensar en la transmutación, en convertir ese plomo del cansancio en algo un poco más ligero, como quien hace alquimia con tinta china y papel.

De las apps al papel: el filtro de las tres páginas
Tras unas tres semanas de escritura ininterrumpida, descubrí la técnica de las Morning Pages. Son tres páginas de flujo de conciencia, sin parar, sin pensar si está bien escrito o si tiene sentido. Al principio me sentía ridícula. Mi monólogo interno decía: “Qué bestia, ¿en serio vas a perder media hora en esto?”. Pero persistí. Escribía sobre el vecino que riega las plantas en el balcón de al lado, sobre el aroma a sándalo que ya se le quedó impregnado a las hojas del cuaderno, y sobre lo mucho que me costaba soltar el control de mis clientes más difíciles.
En esas tres páginas soltaba el “ruido VA” (asistente virtual). Vaciaba las quejas, los miedos y las proyecciones de lo que podía salir mal. A la mitad de la segunda página, casi siempre, mi mano empezaba a soltarse. Es increíble, pero justo al terminar la tercera página de escritura, suelo sentir una calidez súbita que me recorre los hombros y me suelta la tensión del cuello. Es como si el papel se hubiera quedado con el peso muerto. En este proceso de entender mis propios ritmos, me sirvió mucho revisar los síntomas de bloqueos energéticos que a veces ignoramos por pensar que es solo estrés laboral.
El laboratorio de numerología y los días de sombra
En mi cuaderno también empecé a llevar mis lecturas de numerología. Me gusta cruzar los datos de mis ciclos personales con lo que siento cada mañana. Sin embargo, no siempre es un camino lineal. Recuerdo un día de migraña terrible, de esos donde la luz de Quito te duele en las retinas. Traté de forzar una lectura de numerología, queriendo encontrar una respuesta mágica a mi malestar. Terminé con tres páginas de cálculos erróneos, tachones y un llanto de frustración que manchó la tinta.
Ese día aprendí que la vibración no se sube a la fuerza. A veces, subir la vibración es simplemente aceptar que hoy estás en el suelo y que está bien quedarse ahí un rato. Pensar que soy “demasiado racional” para estas cosas es un pensamiento recurrente mientras, secretamente, espero a que el péndulo confirme lo que ya escribí en mi diario. Es una contradicción constante, pero es mi verdad.

Cuando la vibración no sube: una nota sobre la depresión real
Aquí es donde mi perspectiva se desvía de lo que lees en muchas cuentas de Instagram. Muchas veces te venden que “vibrar alto” es una elección, como elegir qué zapatos ponerte. Pero para alguien con depresión clínica severa, ese mensaje puede ser veneno. Intentar forzar una positividad vibracional cuando tu neuroquímica está en un pozo puede generar una culpa inmensa. He tenido semanas donde el cuaderno violeta se queda cerrado porque el simple hecho de sostener el esfero se siente como levantar un camión.
En esos momentos, lo que me ha ayudado no es “vibrar alto”, sino buscar herramientas que me ayuden a recuperar la fuerza desde lo más básico. Hay un programa que menciono a menudo en mis notas, que tiene una valoración de 4.7 basada en reseñas reales, llamado Recupera Tu Fuerza Y Energía Interior. Me gusta porque no te pide que seas un ser de luz de la noche a la mañana, sino que te da ejercicios prácticos para recuperar la energía poco a poco. A veces, subir la vibración es solo pasar de la inmovilidad total a un pequeño movimiento consciente.
El cuaderno como filtro energético
Un lunes gris a finales de mayo, después de una reunión de Zoom particularmente desgastante, me di cuenta de que el cuaderno ya no era solo para quejarme. Empecé a notar cambios físicos. Dejé de escribir listas de tareas interminables y empecé a anotar lo que sentía después de cada interacción. Si después de hablar con un cliente me sentía vacía, lo anotaba. Si después de escribir mis páginas sentía que el pecho se abría, también.
Fui identificando los síntomas de bloqueos energéticos en el cuerpo antes de que se convirtieran en ansiedad. Mi cuaderno violeta se convirtió en un filtro. Lo que escribo allí transmuta el miedo en observación. Ya no soy el ataque de pánico; soy la mujer que observa cómo el ataque de pánico intenta entrar y le cierra la puerta con tres páginas de escritura manual.

Hace apenas un par de semanas, revisando las primeras entradas de diciembre, me sorprendió lo mucho que ha cambiado mi lenguaje. Ya no hay tanto “tengo que”, sino más “elijo”. La constancia en el papel ha creado un blindaje que la terapia sola, aunque fundamental, no lograba darme. Es como si el cuaderno fuera el puente entre mi mente racional y esa parte de mí que todavía cree en la magia de los números y las frecuencias.
Si sientes que tu energía está estancada y no sabes por dónde empezar, te diría que te compres un cuaderno. No tiene que ser violeta, ni caro, solo un lugar donde puedas ser tú sin censura. Y si sientes que necesitas una guía más estructurada para salir del bache, dale una mirada al programa de Recupera Tu Fuerza Y Energía Interior. A mí me dio la estructura que mi mente de asistente virtual necesitaba para no perderme en el caos de mis propios pensamientos. Al final del día, lo que importa es que encuentres ese espacio, ese pequeño ritual matutino, donde puedas volver a ti antes de que el mundo te pida que seas productiva. ¿Qué es lo primero que escribirías hoy si supieras que nadie va a leerte?