
Eran pasadas las cuatro de una tarde lluviosa de finales de noviembre pasado. Estaba sentada en una de esas cafeterías pequeñas de La Floresta, con el ruido de los carros bajando por la Coruña de fondo y un tinto que ya se había enfriado. Tenía mi cuaderno violeta abierto, repasando las notas de mi última sesión de terapia, y sentí un peso en el estómago que no tenía nada que ver con la cafeína. Llevaba meses hablando, analizando por qué los bloqueos del 2020 seguían ahí, pero me di cuenta de que estaba cansada de intelectualizar mi ansiedad sin sentirme realmente más ligera.
Antes de seguir, quiero ser súper clara con algo: no soy psicóloga, ni médica, ni pretendo serlo. Solo soy una asistente virtual que trabaja desde su departamento en Quito y que necesitó algo más que palabras para sanar. Aviso de transparencia: este diario incluye enlaces de afiliación a programas de Hotmart. Si decides probar alguno, recibo una comisión sin que a ti te cueste un centavo más. Todo lo que menciono aquí pasó primero por mi cuaderno y por mi propia energía; no recomiendo lo que no he usado en mis mañanas de práctica. Siempre, por favor, mantén a tu terapeuta al tanto de lo que experimentas.
El techo de cristal de la palabra
La terapia tradicional fue mi ancla después de los ataques de pánico que me dejó el encierro. Me ayudó a entender el origen de mis miedos, a ponerle nombre a las sombras. Pero para finales del año pasado, sentía que había llegado a una meseta. Sabía el 'porqué' de todo, pero el 'cómo lo suelto' seguía siendo un misterio. Mi mente lógica era una experta en explicar mi trauma, pero mi energía —esa vibración sutil que siento en el pecho cuando abro mi laptop para trabajar— seguía estancada.
Ahí es donde entra la idea de que la terapia a veces nos hace quedar atrapadas en la mente. Entendemos el problema, lo diseccionamos, pero no lo movemos del cuerpo. En mi caso, la ansiedad no era solo un pensamiento; era una frecuencia. Fue en esos días grises de Quito cuando empecé a buscar herramientas que trabajaran con lo que la palabra no alcanza a tocar. Empecé con algo sencillo, unas 21 Meditaciones Guiadas para Despertar la Conciencia que me ayudaron a bajar el ruido mental suficiente como para escuchar lo que mi intuición pedía.

El cambio de ritmo: del análisis a la energía
Alrededor de febrero, mi práctica cambió. Ya no solo escribía lo que me pasaba en el trabajo con mis clientes pequeños (que a veces me sacan de quicio, la verdad), sino que empecé a notar patrones que no eran psicológicos, sino energéticos. Me di cuenta de que había días en los que, sin razón aparente, me sentía drenada. No era falta de sueño, era como si estuviera cargando memorias que no me pertenecían.
Fue entonces cuando el concepto de alquimia espiritual empezó a resonar conmigo. Encontré el sistema de Freedom Healing casi por accidente, o quizás por sincronía. Lo que me atrajo no fue una promesa mágica, sino la estructura. Como asistente virtual, amo el orden, y Freedom Healing ofrecía un mapa: identificar bloqueos a nivel de alma. Me pregunté si esa pesadez que sentía al intentar escalar mi negocio no sería uno de esos síntomas de bloqueos energéticos que a veces confundimos con simple pereza o falta de enfoque.
Empecé a notar que, mientras en terapia discutía mi relación con la autoridad, en mis sesiones personales de energía podía sentir físicamente dónde se alojaba ese miedo. Es una diferencia sutil pero radical: la terapia me daba la teoría, pero yo necesitaba la práctica para transmutar la energía.

El encuentro con Alquimia de Vida
Después de unas seis semanas de probar meditaciones y lecturas básicas, decidí ir más profundo. No quería ser una 'paciente' eterna; quería ser la alquimista de mi propio espacio emocional. Así llegué al programa Alquimia de Vida — Nivel 3 de Freedom Healing. Lo que me voló la cabeza fue entender que el sistema identifica 33 potenciales originales del alma que pueden estar bloqueados.
Recuerdo una mañana de mayo, muy temprano. El sol apenas empezaba a iluminar el Pichincha y el olor del café recién pasado se mezclaba con el aroma de mi lapicero de gel nuevo sobre el papel. Estaba trabajando en una de las activaciones del Nivel 3. A diferencia de las charlas de terapia donde a veces terminaba agotada de tanto pensar, aquí el trabajo era de liberación consciente.
Mientras hacía el ejercicio, sentí por primera vez esa sensación de frío, como un aire fresco que me recorría el pecho, justo donde antes sentía un nudo apretado de ansiedad. No tuve que explicarle a nadie por qué me sentía así. Simplemente sucedió. Esa es la libertad que buscaba: la capacidad de limpiar mi campo sin tener que justificar cada emoción ante la lógica.

Por qué el Nivel 3 fue mi elección definitiva
Mucha gente me pregunta por qué salté a un nivel avanzado o por qué elegí este sistema sobre otros. La respuesta es la estructura. Alquimia de Vida no es solo 'sentarse a sentir'; es un proceso de limpieza profunda que utiliza herramientas como la numerología y la conexión con el Yo Superior para ir directo al grano. A veces, para quienes somos muy mentales, necesitamos un sistema que sea tan riguroso como nuestra propia mente para que esta se quede tranquila y nos deje trabajar.
Si estás en ese punto donde sientes que ya hablaste suficiente pero tu cuerpo sigue reaccionando igual ante el estrés del teletrabajo o las relaciones, quizás es momento de mirar hacia lo sutil. No se trata de dejar la terapia (yo sigo yendo una vez al mes, por si acaso), sino de complementar el entendimiento con la liberación. Es como limpiar una casa: la terapia es entender por qué entró el polvo, pero Freedom Healing es pasar la aspiradora y abrir todas las ventanas.
Incluso he combinado esto con otras herramientas que me dan estructura, como la Numerología Energética, que me ayuda a entender mis ciclos personales. Todo esto lo voy registrando en mi cuaderno, viendo cómo mi energía cambia semana a semana. Si te interesa empezar a rastrear esto por tu cuenta, te recomiendo leer sobre qué escribir en un diario de energía para que no te pierdas en el proceso.

De paciente a alquimista
Hoy, mientras escribo esto antes de empezar mi jornada con los clientes, me doy cuenta de cuánto ha cambiado mi postura. Ya no me despierto con ese miedo sordo de '¿cómo me voy a sentir hoy?'. Ahora tengo herramientas. Si siento una interferencia, abro mi cuaderno, conecto con los 33 potenciales y hago mi limpieza.
Elegí Alquimia de Vida porque me devolvió el poder. Ya no espero a que llegue el jueves de terapia para sentirme mejor; yo misma gestiono mi vibración cada mañana. Es un trabajo diario, sí, pero es mucho más satisfactorio que solo dar vueltas sobre los mismos recuerdos.
Si sientes que has llegado a un techo con lo convencional, no tengas miedo de explorar lo energético. A veces, la pieza del rompecabezas que falta no está en lo que pensamos, sino en lo que vibramos. ¿Qué pasaría si hoy decidieras que ya has hablado suficiente y es momento de empezar a liberar? Te invito a que lo explores, quizás empezando por lo más profundo que te resuene, siempre escuchando a tu cuerpo y a esa sensación de ligereza que es la única brújula que no miente.
Mañana me toca revisar mi lectura de numerología para el próximo mes, y sigo con la duda de si este cambio de energía me llevará a buscar clientes más grandes o si simplemente me permitirá disfrutar más de este silencio en La Floresta. Ya veremos qué dice el cuaderno la próxima semana.